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LOS CUATROCIENTOS AÑOS DE HAMLET

Radiografía de la desesperación

Por Hernán F. Padín

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No es sólo, buena madre, mi capa entintada, ni las acostumbradas vestiduras de solemne negro, ni los ventosos suspiros de aliento forzado. No, ni el abundante río en los ojos, ni el aspecto abatido del rostro, unido a todas las formas, modos y aspectos del dolor, lo que me puede expresar con verdad. Estas cosas sí que parecen, pues son acciones que un hombre puede desempeñar; pero tengo dentro algo que va más allá de la apariencia, y esas cosas son sólo los adornos y atavíos del dolor.

 

“Hamlet”, Escena II, Acto Primero.

 

                La más grande tragedia de la modernidad no constituye solamente una pieza literaria insuperable por su trama, su lenguaje y lo arquetípico de sus personajes, sino que es, en esencia, todo un tratado de filosofía, una obra poética de elevada belleza y cruda reflexión, pensada además para el teatro, ese ámbito que, para Shakespeare era el encargado de “sostener el espejo de la Naturaleza, mostrando a la Virtud su propia figura, al Vicio su propia imagen, y a la época y conjunto del tiempo, su forma y huella” (“Hamlet”, Escena I, Acto Tercero).

                El prototipo que con maestría delinea el gran dramaturgo de las letras inglesas es el del hombre desesperado, presa del abismo de su sufrimiento al punto de rondar ya los límites de la locura más abyecta.

                El joven príncipe Hamlet es presa del infortunio al perder a su padre, rey de Dinamarca, y para sumarse a esta amargura insuperable viene a añadirse la oscura revelación (¡de boca de su propio padre, devenido sombra espectral!) de que el infortunado rey ha sido asesinado por su propio hermano, tío de Hamlet, en complicidad de su misma madre. La traición filial se convierte así en desencadenante de las más oscuras pasiones por parte del personaje central, cuya sed de venganza se convierte en su única obsesión, tiñendo en adelante todos sus pensamientos y acciones, hasta la escena del duelo final, en que prácticamente todos los personajes resultan muertos, acentuando el cariz trágico de la obra hasta límites insospechados.

                No es mi intención, empero, contar en detalle el argumento de una obra por demás conocida y cuya lectura no sólo huelga recomendar, sino que quizá hasta sería lógico considerar obligatoria. Simplemente es mi intención detenerme un instante en la personalidad del personaje que da nombre a la pieza, el joven taciturno cuyas palabras llegan a estremecernos por la onda emoción y sombría desesperación de que están transidas. Casi parecen anticipar algunos de los pasajes más oscuros del proto-existencialista Kierkegaard, paradójicamente, otro danés, pero dos siglos posterior (o en verdad más, si tenemos en consideración que “Hamlet” no se desarrolla en la época de Shakespeare, sino en pleno Medioevo). Autor de libros como “Tratado de desesperación” (o “Enfermedad mortal”), “El concepto de la Angustia” o “Temor y temblor”, el pensador danés derrumba todo el frío castillo de la filosofía tradicional en pos de una conciencia trágica de la vida, el lugar del hombre en el universo y su relación con Dios, relación no exenta de los más terribles padecimientos, a pesar de revestir éstos el reconfortante sabor de la trascendencia y la beatitud.

                También podríamos conectar la obra que nos ocupa con Schopenhauer y su visión mórbida del “peor de los mundos posibles”, o con algunos pasajes del cínico contemporáneo Ciorán, para quien la vida es un lento sufrimiento cuyo único fin es la degradación y la extinción de las fuerzas vitales, y cuyo destino final resulta tan absurdo como su propia tendencia a perdurar.

                No obstante, lo que reluce en “Hamlet” es la forma poética y llena de belleza con la que el personaje se expresa, aún al desollar el alma del lector con las más ásperas visiones respecto a la vida y la muerte. Veamos sólo unos ejemplos, como éste en que Shakespeare-Hamlet se convierte casi en un apologista de la muerte voluntaria:

         ¡Ah, si esta carne demasiado, demasiado sólida, se fundiese, se derritiese y se disolviese en un rocío! ¡O si el Eterno no hubiese fijado su ley contra el suicidio! ¡Oh Dios, oh Dios! ¡Qué fatigosas, qué rancias e inútiles me parecen todas las costumbres de este mundo! ¡Qué asco me da! (Escena II, Acto Primero).

 

O en este pasaje donde parece casi presentar el arquetipo del hombre afectado de melancolía:

 

Desde hace poco, pero no se por qué, he perdido toda mi alegría y he abandonado toda costumbre de entretenimientos. Y, desde luego, mi ánimo está tan cargado que la tierra, esta hermosa construcción, me parece un estéril promontorio; este magnífico dosel, el aire, mirad, ese admirable firmamento en lo alto, ese techo majestuoso, incrustado de fuego de oro, todo eso no me parece otra cosa sino una turbia y pestilente reunión de vapores (Escena II, Acto Segundo).

 

Se trata, ciertamente, de aquella desesperación que deviene locura en cuanto un motivo violento mueve a una acción desmesurada. La sed de venganza del joven príncipe se suma a su desgarradora amargura, y lo lleva a sucumbir presa de lo siniestro:

 

Ahora es la propia hora de brujería de la noche, cuando bostezan los cementerios y el mismo Infierno exhala contagio a este mundo. Ahora yo podría beber sangre caliente y hacer tan crueles cosas que el día se estremecería de verlas (Escena II, Acto Tercero).

 

Ahora bien; queda pendiente una pregunta no exenta de incomodidad: ¿es el príncipe Hamlet, o el arquetipo humano que representa, un individuo heroico? Ciertamente existe un ideal no del todo definido de heroicidad trágica en el hombre que sacrifica su vida y su cordura en pos de una lucidez desoladora. El suicidio filosófico es todo un tema, desde aquel macabro día en que Empédocles de Agrigento se arrojó a la boca del Etna y sucumbió al poder de las llamas. Nietzsche es sin duda el prototipo moderno del suicida filosófico, ya que, si bien no perdió su vida por la reflexión, sí su cordura y su genio, más allá de las causantes físicas que apuraron su colapso.

Mas Hamlet no es un filósofo. Él no se propone analizar la realidad ni desentrañar verdad alguna, sino que habla y medita sólo movido por sus sensaciones internas, por su ansiedad y los fantasmas que lo acosan. Él no existió jamás, salvo, por supuesto, en la mente brillante de su creador. Sin duda hay algo de Shakespeare en la abisal visión del joven príncipe, pero también hay algo del genial dramaturgo en Julio Cesar, en Romeo, en Ricardo III, en Ofelia, en Otelo, en Julieta; en fin, en cada uno de sus personajes y en cada una de sus obras. Suprema ventaja del escritor de ficción, el poder desembarazarse de sus fantasmas y obsesiones sin tener que exponer su propia integridad personal. El que Bruto sea un asesino no significa que Shakespeare lo sea, así como no debemos atribuir a Dostoievsky la perturbada personalidad de la mayoría de sus personajes novelescos, ni a Kafka los horrores de sus mundos posibles, sublimaciones oníricas de su dolor físico y espiritual.

No obstante, hay siempre algo del autor en sus personajes, un motivo por el cual los crea, les da su fisonomía particular y los hace hablar. Hamlet, en tal sentido, es el arquetipo del joven desesperado y hastiado de todo cuanto lo rodea, de aquel que vive a pesar suyo y que, en todo caso, encuentra en un motivo violento su razón para aún seguir existiendo; la venganza, el asesinato, la destrucción del orden establecido. Ciertamente puede mediar un vehículo de tipo moral en todo esto, y en el caso de nuestro personaje, casi indudablemente lo es, ya que nos resulta muy difícil no comulgar con su desprecio por su tío y su madre y la alta traición en la que han incurrido. Mas la heroicidad de Hamlet, a mi juicio, no es necesariamente de índole moral. Su carácter de héroe se fundamenta, me parece, más en su propia postura ante la vida que en su meticuloso ardid de justiciero. Pues su coraje es el del solitario que lo pierde todo, incluso su amor, su creencia y su cordura, en pos de un ideal de autenticidad que, pese a ser cuestionable y aún rebatible con mil argumentos, y pese a no ser un camino libremente elegido por él, sino más bien impuesto por las inclemencias del destino, sostiene la difícil e infinitamente incómoda posición del hombre trágico, el alma perdida que ya nada espera de la existencia, y que aún el paso a la nada le perturba con un grado de desconfianza poco común aún en los pesimistas más sombríos:

 

Ser, o no ser: ésta es la cuestión: si es más noble sufrir en el ánimo los tiros y flechazos de la insultante Fortuna, o alzarse en armas contra un mar de agitaciones, y, enfrentándose con ellas, acabarlas: morir, dormir, nada más, y, con un sueño, decir que acabamos el sufrimiento del corazón y los mil golpes naturales que son herencia de la carne. Ésa es una consumación piadosamente deseable: morir, dormir; dormir, quizá soñar: sí, ahí está el tropiezo, pues tiene que preocuparnos qué sueños podrán llegar en ese sueño de muerte, cuando nos hayamos desenredado de este embrollo mortal. Ésa es la consideración que da tan larga vida a la calamidad: pues ¿quién soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, el agravio del opresor, la burla del orgulloso, los espasmos del amor despreciado, la tardanza de la justicia, la insolencia de los que mandan, y las patadas que recibe de los indignos el mérito paciente, si él mismo pudiera extender su documento libertario con un simple puñal? ¿Quién aguantaría cargas, gruñendo y sudando bajo una vida fatigosa, si no temiera algo después de la muerte, el país sin descubrir, de cuyos confines no vuelve ningún viajero, que desconcierta la voluntad, y nos hace soportar los males que tenemos mejor que volar a otros de que no sabemos? (Escena I, Acto Tercero).

 

Hoy, que vivimos en la confortable ilusión del progreso y el futuro sin límites de las capacidades humanas, de la superación a través de lo material y la utopía de un mundo globalizado en la usura; hoy que los optimistas cuentan sus monedas en la penumbra y utilizan el mundo como su campo de experimentación, y que, para colmo de males, salen airosos en sus cuidados esfuerzos por domesticar las mentes débiles de los pueblos hambrientos, una visión tan terrible como la que Shakespeare pone en boca de Hamlet resulta no sólo reveladora, sino quizá incluso aleccionadora, tal vez no un modelo a seguir, pero sí ha tener en cuenta. Pues si la extremada lucidez del desesperado y el pesimista muchas veces hace colapsar la mente de aquel que la sustenta y sacrifica su vida en pos de ella, no es menos cierto que esa misma lucidez a veces redunda en beneficio de una era.

En esta época nuestra, en que el consumismo y el falso ideal de virtud competitiva se erigen en cómoda escafandra para tapar los males de un mundo tecnificado y ayuno de valores espirituales, un pensamiento como el que ésta obra singular, con cuatrocientos años en su haber, expresa, puede resultar no sólo revelador, sino benéfico en grado sumo, por lo menos si puede despertar nuestra capacidad de ver más allá de lo aparente y de saber descubrir dónde se esconden los verdaderos males que nos rodean y cómo se puede estimular el coraje para poder, enfrentándolos, resolverlos.

 

Las citas de “Hamlet” corresponden, con pequeñas variaciones en la traducción, a la edición de José María Valverde, en “Tragedias”, Historia de la Literatura (3), RBA Editores, Barcelona, 1994.

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