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TIEMPOS DE LA MÚSICA  

Por Daniel M. Blanco Louzán

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Es de conocimiento público la importancia que ha tenido y tiene la música en la vida del ser humano en general. Sabemos también que todos aquellos que desean escucharla o ejecutarla deben comenzar por escuchar la música culta, comúnmente llamada clásica.

Hoy nos detendremos en la música que comienza luego del clasicismo de Haydn, Mozart y también Beethoven -querido para mí-, sin menospreciar por supuesto a Bach y a todos los demás grandes de la música clásica.

Comenzaremos hablando desde Ludwig Van Bectboven en adelante. Llegados a esta etapa de la historia parece evidente que, a partir del siglo XIX, por lo menos dos actores protagonizan el drama humano: el individuo y la musa. Se complementan para producir los hechos revolucionarios que quiebran el orden establecido, se enfrentan cuando las aguas deben volver a su cauce.

¿Es el XIX un siglo signado por la búsqueda del equilibrio perdido? En alguna medida podría ser válida esta lectura si se piensa que el concepto de clasicismo surge para definir el grado de equilibrio alcanzado hasta entonces por las formas artísticas. Lo que sigue en el devenir histórico occidental es su ruptura. Las primeras consecuencias de este desborde perceptible en el conjunto de las artes suele definirse como romanticismo. La música transita por estos caminos durante todo el siglo para ingresar en los albores del XX en las modernas formas expresionistas.

Ludwig van Beethoven (1770-1827) vivió la confluencia del clasicismo, y la confluencia del clasicismo y el romanticismo, pero su obra resultó el símbolo de las formas instrumentales clásicas. Sin embargo, los románticos de la primera mitad del siglo XIX lo consideraron uno de los suyos y lo tomaron como referente asimilando y utilizando a través suyo gran parte de la herencia musical del siglo de la ilustración.

Desde Franz Schubert (1797-1828) -el primero en enriquecerse con el clasicismo beethoveniano-, el romanticismo se desplegó en varias corrientes musicales cuyos exponentes compartieron una sólida formación literaria y filosófica. Félix Mendelsshon, con su magnífico concierto para violín y orquesta Op. 64, y muchas más que sería largo enumerar; Robert Schumann trató de conciliar la tradición clásica con el dogma romántico; Federico Chopin representó la total ruptura, a través de su obra de piano moderno recién perfeccionado, convirtiéndose en el medio de expresión por excelencia, merced a el elemento eslavo que ingresó en la música europea occidental con frondosa y magnífica obra del gusto general.

El internacionalismo clasicista dejaba paso a los particularismos nacionales que irrumpieron en la segunda mitad del siglo en la obra de los autores rusos, checos y escandinavos. Los contenidos sociales fueron acentuándose cuando el romanticismo derivó en la preocupación por describir la realidad tal cual era.

Richard Wagner, Franz Liszt y Héctor Berilos son las figuras dominantes de la nueva escuela romántico-realista. El primero exploró las figuras dominantes de las raíces germánicas y exhumó su mitología; los segundos se insertaron en la música litúrgica remozada. Johanes Brahms (1833-1897), figura central de la última fase del romanticismo, volvió a la investigación de la música sinfónica en busca de los elementos clásicos. Sus sinfonías adoptaron los principios beethovenianos; Paul Henry Láng lo define como “el guardasellos de la herencia clásica, en quién se reunieron todos los hilos de la urdimbre por última vez, antes de perderse en el caos”.

Un párrafo aparte merece la consideración de las escuelas nacionales que tomaron fuerza cuando se desintegraba el romanticismo (que, para mí, nunca murió). Estos compositores emprendieron la tarea de incorporar ritmos y melodías populares a los cánones artísticos de la llamada música culta. La música rusa se expresó a través de dos grupos bien definidos: uno más comprometido con el tronco occidental, del que formó parte Tchaikovsky (1840-1893), y otro desdeñoso de la herencia musical de Occidente que núcleo en San Petesburgo a cinco músicos de formación muy distinta (Balakirev, Borodín, Mussorgsky, Rimsky-Korsakov y Cui). Entre los checos y germano-bohemios surgieron como representativos Smetana (1824-1884) y Antonín Dvorak (1841-1904). Como los bohemios, casi todos los músicos escandinavos se formaron en el romanticismo germano. De todos ellos, Eduard Grieg (1843-1907) unió a su acervo localista el mérito de haber llevado la música nórdica a las metrópolis musicales de Europa y América; un caso común fue su Peer Gint y otros muchos más.

Desde los diversos ámbitos del mundo de las artes, los especialistas coinciden en destacar que el fin del siglo XIX marcó un brusco movimiento de reacción cultural contra las formas vigentes hasta entonces. En el campo musical, la ruptura se manifestó contra los dogmas del romanticismo y especialmente con el abandono de su sistema tonal. La sinfonía y la música de cámara tuvieron destacados cultores como Gustav Mahler, con sus brillantísimas sinfonías, comenzando con la 1º, “Titán”, y siguiendo con otras más; Max Reger y Richard Strauss, con su “Así hablaba Zarathustra”, “Don Juan” y muchas otras que sería largo enumerar, casi todos poemas sinfónicos.

El impresionismo marcó el fin de siglo y el francés Claude Debussy (1862-1918) incorporó a la música elementos procedentes de la pintura y la poesía contemporáneas, persiguiendo, como en la pintura, las posibilidades cromáticas, en este caso de los sonidos, a partir de las posibilidades acústicas de los instrumentos. Son extraordinarias sus composiciones como “La Catedral Sumergida”, “Claro de Luna”, “La niña de los cabellos de lino”, y muchísimas otras. A su escuela se integró Mauricio Ravel (1879-1937), que se hizo muy celebre con su "Bolero”, “Pavana para una infanta difunta”, “Le tombeau de Couperin” y muchos más.

También cabe mencionar a Ottorino Pespighi (1876-1946), creador de hermosos poemas sinfónicos; Manuel de Falla (1876-1946), con el famoso “El Amor Brujo” y muchas piezas más, entre otros grandes músicos. El impresionismo de fin del siglo XIX todavía se define como síntesis de un estilo posromántico; el expresionismo que le siguió en orden cronológico incursionó en lo abstracto, lo experimental y las posibilidades crecientes que le ofrece el tecnicismo, pero no pudo escapar a la decadencia de Occidente cuando llegó la época de las catástrofes bélicas que le siguieron.

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