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¿Por qué escribir?

por Hernán F. Padín

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       Podría afirmar, pecando de optimista, que uno escribe porque tal actividad lo reconforta, porque en el solaz del pensamiento la palabra fluye y se esparce libremente, con total naturalidad. Sin embargo, no siempre es así. A veces, uno también escribe porque no tiene alternativa. La vida es un juez poco propenso a discusiones largas; siempre espera respuestas concretas, como un "sí" o un "no", nunca un "tal vez"... Y a los escritores, a los que nos apoyamos en la palabra y, muchas veces, también abusamos de ella, nos hace una propuesta simple, pero también terrible: "O la escritura o la locura"...

       Aunque no lo parezca, se trata de una elección difícil, pues estar loco es mucho más sencillo que escribir; además se es inmensamente más feliz en esa condición. El que escribe, cuando lo hace con profundidad, dejando mente y corazón en el esfuerzo, debe escapar a su propia locura, pero no huyendo por la puerta de atrás, sino enfrentándola cara a cara. El poeta, el novelista, el cuentista, el ensayista, y aún aquél que escribe desde el frío resguardo del tratado científico, todos los escritores, en general, deben penetrar los rincones más siniestros y oscuros del interminable laberinto de la conciencia. Una vez sorteado el laberinto, si se sobrevive al Minotauro que espera agazapado en la penumbra de una de las bifurcaciones, es menester violar la más segura e inexpugnable de las puertas, aquella que da acceso al aterrante abismo del inconsciente. En él, todo se torna infinito, tanto la alegría como el dolor, tanto lo bueno como lo malo, lo cual resulta terrible en todo caso: nadie puede enfrentarse al infinito sin perder la cordura en el intento...

       Una vez encerrados en ese Infierno de inmensidades, a partir de ese momento del que no es posible retornar, descubrimos, con horror, la naturaleza de nuestra condena; a partir de entonces sólo se escribe para poder escapar, nada más. Claro que ya es demasiado tarde: es imposible huir de uno mismo, y los que lo logran, lo hacen perdiéndose definitivamente en un universo de estupidez y superficialidad, lo cual es peor a cualquier condena imaginable.

       No obstante, el que escribe puede encontrar un cierto margen de compensación, apresado como está entre el muro de su arte y el de sus horrores, desencantos y sufrimientos. Una pared a veces empuja más fuerte y derriba a la otra, al menos por un tiempo; pero uno siempre está en el medio. Sin embargo, cuando la locura vence, no hay piedad posible, y el arte es arrasado, arrojado al fuego con brutal violencia. Con la locura se obtiene la salvación definitiva; por fin se es libre de la tinta, el papel y la palabra. Mas no se puede escapar jamás del Infierno, no cuando uno ya se ha condenado a él. Hölderlin y Nietzsche, por ejemplo, lo sabían muy bien. Ellos se enfrentaron, audaces, al eterno fuego de la palabra, la más terrible de las amantes, apasionada y cruel como ninguna. En este punto radica la tragedia de todo escritor: ¿cómo escapar a su condena, si es de la propia condena de la que uno está perdidamente enamorado? ¿Cómo ver, en fin, los dientes afilados de la Literatura, cuando ellos se esconden tras el más angelical, perfecto y tentador de los rostros? Como todo amor auténtico, el amor del escritor es un amor ciego, y sin duda así es como debe ser; así es como el poeta debe entregarse a sus musas, en cuerpo y alma, sin esperar recibir nada a cambio, ni temer perder la vida en el intento...

       ¿Por qué escribir? ¡Por Dios, ya lo he dicho!..

...Porque no queda alternativa...

 

Extraído del libro "Sueños, Antología Literaria; 

26 Escritores del Sud", Ediciones Amaru, 2000.

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