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Marta Lynch

a quince años de su muerte

por Mabel Pagano

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       La recuerdo melancólica, insegura, temperamental, exuberante, seductora, ansiosa, buena amiga, generosa, excelente escritora, gran maestra. Me parece mentira que ya pasaron quince años de aquella tarde que nos despedimos en la puerta de la confitería de Marcelo T. de Alvear y San Martín. ¿Como pensar entonces que no volvería a verla? Me había hablado varias veces del suicidio. Nunca le creí, por aquello que dice "el que habla no hace". Ella lo hizo. El balazo terminó con todo lo que la incomodaba del mundo, de su existencia. Muchas cosas que van más allá de las simplezas que se dijeron.

       De su paso por mi vida quedan algunas cartas, muchos consejos y un planito de madera en el que escribió: "Para Mabel, de Viena, con amor". Y están los recuerdos. Muchas tardes de hablar hasta que se nos enfriaba el café. Y sus libros, que son como ella; fuertes, bellos, vigorosos, apasionados, tristes, cálidos. Pero sobre todo, me quedan aquellas clases que compartimos con un grupo de compañeros durante cuatro años. Fuimos alumnos atentos, devotos, fieles ante una maestra lúcida, brillante, irremplazable, que nos enriqueció con lo que sabía y con lo que supo sacar de nosotros. Frente a aquel auditorio de elegidos -porque nos sentíamos elegidos- se brindaba entera, descorriendo telones, descubriendo misterios, mostrándonos el camino.

       Mientras algunos la recuerdan por sus errores, todos muy propios del ser humano, yo prefiero evocarla y rendirle un homenaje por sus aciertos. Por su talento literario, por su capacidad creadora, por esa visión dolorida de la Argentina de su tiempo que supo reflejar como pocos.

       Marta Lynch se pegó un tiro aquel ocho de octubre de 1985, es cierto. Pero renace desde entonces en cada uno de sus inolvidables personajes. Y somos nosotros, los lectores, quienes debemos hacer que no muera de verdad, frecuentando su obra, para reencontrarla en Blanca Ordoñez, en la Colorada Villanueva y cada una de esas mujeres que construyó mirándose a un espejo. En ese en el que todos los argentinos nos veremos de alguna manera reflejados.

Octubre del 2000

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