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La Filosofía Latinoamericana

por Felisa Fernández Alberté

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El empleo de la expresión filosofía latinoamericana se remonta a 150 años atrás, cuando Juan Bautista Alberdi comenzó a aludir con esperanza al "filosofar americano", al cual atribuía una diversidad de funciones, las cuales fracasaron (Celina A. Lertora Mendoza).

Los grandes pueblos en la historia aparecen ligados, comúnmente, por el reconocimiento global de sus concepciones filosóficas. Así se habla de filosofía griega, latina, de filosofía alemana o francesa. En nuestros países americanos, la practica y el poder de la filosofía y de sus pensadores aparece en un plano de menor desarrollo, sobre todo desde una racionalidad europea que se siente depositaria y expresión del thelos de toda la humanidad.

Con respecto al hombre americano -o a todo hombre, de cualquier cultura, nación o clase social-, lo que interesa no es si ha entrado en la historia mundial, ni menos si de alguna manera ha colaborado en su preconstrucción historiográfica, sino tan solo si «es un ente histórico"; dicho de otro modo, si posee historicidad. La historia mundial se organiza sobre una división de hombres que han entrado en ella y de "subhombres" que no lo han hecho ni podrán hacerlo (Biaggini).

El empleo de la expresión filosofía latinoamericana se remonta a 150 años atrás, cuando Juan Bautista Alberdi comenzó a aludir con esperanza al "filosofar americano", al cual atribuía una diversidad de funciones, las cuales fracasaron (Celina A. Lertora, Mendoza).

Los grandes pueblos en la historia aparecen ligados, comúnmente, por el reconocimiento global de sus concepciones filosóficas. Así se habla de filosofía griega, latina, de filosofía alemana o francesa. En nuestros países americanos, la practica y el poder de la filosofía y de sus pensadores aparece en un plano de menor desarrollo, sobre todo desde una racionalidad europea que se siente depositaria y expresión del thelos de toda la humanidad.

Con respecto al hombre americano -o a todo hombre, de cualquier cultura, nación o clase social-, lo que interesa no es si ha entrado en la historia mundial, ni menos si de alguna manera ha colaborado en su preconstrucción historiográfica, sino tan solo si "es un ente histórico"; dicho de otro modo, si posee historicidad. La historia mundial se organiza sobre una división de hombres que han entrado en ella, y de "sub-hombres" que no lo han hecho ni podrán hacerlo (Biaggini).

La filosofía latinoamericana exige el estudio del desarrollo de su propia historia, como historia de las ideas. Es misión de la Historia de las Ideas precisamente el reconstruir ese ya largo y a veces difícil "proceso" en el que con suerte diversa se fue dando respuesta a cuestiones de filosofía y de existencia de nuestros pueblos.

En consecuencia no son solo las ideas en si mismas las que interesan sino su naturaleza y función social. La filosofía necesita un pueblo, es el pueblo de nuestros pueblos, los que reclaman para sí una filosofía "nacional" (Rezzónico), en el sentido de un modo de ser cultural, aunque la constitución de grandes bloques mundiales y el crecimiento del capitalismo transnacional han venido a cambiar el concepto de "nación" tal como nos venia del siglo XIX. Al mismo tiempo ha venido a profundizar nuestro concepto de dependencia cultural y económica, sumado al "debilitamiento de las conciencias" que propone el neoliberalismo y el post-modernismo.

Insistir en nuestro discurso liberador es empresa de la filosofía latinoamericana; insistir en "nuestras ideologías nacionales", en "nuestra política continental" pero abierta a la mundialización, en lo que tiene de positivo e ¿inevitable? Reactualizar, en relación con las actuales circunstancias, nuestro discurso liberador, es tarea de la filosofía latinoamericana y de su historia. Si carecemos de un cuerpo de doctrina que asuma nuestro tiempo, mal podremos emitir respuestas para orientar nuestro discurso. Nuestro discurso no es relativista sino pluralista. Lo regional no nos limita a nuestra aldea o a nuestra ciudad, sino que, asumido correctamente, es la base indispensable para lo universal.

En otras palabras, el internacionalismo supone siempre a la "nación", y que ésta sea sinónimo antes que nada de pueblo, con sus diversas y complejas combinaciones. En un mundo en acelerado cambio y de reformulación de las grandes estructuras a nivel mundial, en el que pareciera que estamos viviendo el fin de una época, "América Latina" debería avanzar hacia la unidad. La filosofía americana tiene por misión la de formular la doctrina del bloque necesario, del bloque que debemos construir y dentro del cual deberíamos reformar nuestros planes de Nación y de Estado. Nuestra historia de las ideas, la historiografía desarrollada en el seno de aquella filosofía, nos ofrece testimonios in-interrumpidos de luchas por la integración que ya llevan mucho más de un siglo (Rezzonico). Por cierto que todos esos objetivos no son tarea filosófica, pero aquella filosofía y su historia tienen su palabra unificadora.

Se asiste o se vive bajo el imperio de las grandes redes planetarias de comunicaciones y de intercomunicación global, las cuales se rigen por el modelo del primer mundo, donde la modernidad ideológica consiste en un liberalismo individual y universal (contra el espíritu comunal) y nacional, que como post-modernidad económica se expresa en términos de empresa privada y mercado mundial. En este encadenamiento, América latina se está reduciendo a mercados pequeños, lo mismo que las otras civilizaciones diferenciadas de occidente.

La verdad filosófica se forma en torno a la objetividad de los conocimientos científicos y filosóficos, y también de las formas discursivas que parten de la facticidad social, como en la filosofía latinoamericana, cuyos conocimientos emergen de la historia de su proyecto.

Con el triunfo del modelo planetario de homogenización del mundo surgido desde los centros de poder (neoliberalismo), la filosofía de lo latinoamericano es desalojada de las cátedras, se la silencia y sólo se encuentra en publicaciones aisladas y marginales. América, antes que nada, es un espacio geográfico continuo que se ha diferenciado del resto del mundo por su capacidad de hospedar a todo hombre que, como migrante, llega a América ante la imposibilidad de ser plenamente hombre. América es, pues, el puerto de llegada de hombres que buscan un nuevo horizonte de paz y bienestar.

La originalidad de América la encontramos en el concepto de tiempo, entendido como un acompañar con nuestro tiempo a cada corte en su tiempo; hemos afirmado que ese tiempo tan nuestro se lo han confundido siempre con la indolencia nativa del gaucho; nos denostan con esa holgazanería criolla simbolizada en la "siesta". Es tan ineludible de los auténticos filósofos iberoamericanos explicitar esta categoría de tiempo.

América la hallamos en la originalidad del hecho de que, a partir del siglo XVI, tomó un camino diferente al resto de Occidente. Los principios de la modernidad, tales como la idea de progreso indefinido, el poder omnímodo de la razón, la democracia como forma de vida, el cristianismo subjetivo, la manipulación de la naturaleza por la técnica, etc., no nos ha alcanzado, porque nuestra realidad es entitativamente diferente de la europea y de la americana anglosajona (Rezzonico).

De ahí la tarea filosófica, en el sentido de la búsqueda de nosotros mismos, de nuestra identidad, de lo nacional, del ser americano. Octavio Paz destaca el elemento religioso como verdadera tónica de todas las culturas mesoamericanas y como causa de la unidad política que deseamos alcanzar. Frente a la variedad de razas, lenguas, tendencias y Estados del mundo prehispá-nico, los españoles postulan un solo idioma, una sola fe y un solo Dios. El proceso paralelo a la conquista fue el de la Evangelización. Nuestras raíces culturales también tienen que ver con el "choque" en el plano religioso entre el mundo indígena y el catolicismo español, dando lugar a la categoría del "mestizaje cultural" y del "bautismo cultural" (Rezzonico).

Una de nuestras raíces es indígena, y la traemos, más que como adherida, "enterrada viva" en nosotros, hasta haberla hecho algo inseparable, una parte constitutiva de nuestro ser. Pero por una aberración, por un absurdo que nunca fue cuestionado a fondo, optamos por el modelo menos genuino; así se tomó todo el mosaico de culturas indígenas, que se encontraban en el climax y poderío en la víspera de la llegada de los españoles. Pero se trataba de una hegemonía que surgió de una usurpación y un engaño y se aprovechó de lo religioso para sacar adelante los propósitos de dominación. Así se fundió lo ritual con lo político y lo social en la historia mexicana del poder; así surgió una organización autoritaria piramidal y centralista que de los aztecas pasó al orden colonial y se prolongó hasta la actualidad, encarnándose en nuestros partidos políticos.

Tanto el descubrimiento como la conquista, son empresas renacentistas. Hay que incluir entre los hechos típicos, los productos de la ciencia, la técnica y las utopías renacentistas, a los viajes de descubrimiento y colonización. La parte más rica de la herencia española debe comprenderse en el momento que España se cierra a la contrarreforma; pero no lo hace sin aceptar casi todas las formas artísticas del Renacimiento, poesía, pintura, novela, arquitectura, además de otras formas filosóficas y políticas que, mezcladas con instituciones y tradiciones de entraña medieval, son transportadas a nuestro continente.

Recuérdese oportunamente la aparición de la ciencia moderna en el siglo XVII, con las figuras de Bacon, Descartes, Galileo, así como sus principios fundadores. De allí que la parte más viva de la herencia española en América esté constituida por estos elementos universales que España incorporó en un periodo también universal de su historia. Esto constituye un rasgo permanente de la cultura hispanoamericana, abierta siempre al exterior y con voluntad de universalidad.

Para entenderlo, debemos definir al ethos cultural de un pueblo como su modo peculiar de habitar en el mundo, de relacionarse con la naturaleza, con los demás hombres y pueblos, y con Dios. Se trata, por lo tanto, de un estilo de vida que implica un determinado sentido de la vida y de la muerte, como su núcleo ético-cultural, respetando, por un lado, tanto la trascendencia de la fe como la autonomía secular de la cultura. La diferencia con la colonización protestante en la Nueva Inglaterra es que a los nativos les fue despiadadamente negada la posibilidad que, por los misioneros, se le brindó a los indios de pertenecer a un orden vivo, así fuese en la base de la pirámide social. Pertenecer a la fe católica significaba encontrar un sitio en el cosmos. Y al comparar la época colonial con la actual, se ha perdido esta cosmovisión en aras de un racio-nalismo producto de la ciencia y la tecnología. En efecto, la teología y la filosofía han sido para muchos proscriptas, y la ciencia se ha mostrado incapaz para asumir el papel de aquella en la capital tarea de orientar la vida humana y brindar sentido sobre cuestiones tan decisivas. Por eso, la paradoja de que la ciencia, expresión suprema de la racionalidad humana, desemboque tan frecuentemente en la irracionalidad.

Este hecho justifica plenamente la intención eclesial de hacer adquirir nueva vida a los cimientos y raíces de nuestras culturas. Pues sólo con sentidos claros de nuestro estar en el mundo y poder actuar sobre él podremos lograr lo que hoy se muestra con urgencia vital. Se deben abordar nuestras raíces culturales como constitutivas de nuestro ser nacional. Lo indígena, lo europeo español, que actúan como determinantes históricos; también las lenguas, las creencias, los mitos, las costumbres y tradiciones de cada grupo social.

La obra de la conquista, evangelización y colonización, con todas sus limitaciones, fue una obra que dio consistencia al pueblo americano y le brindó la posibilidad de integrarse culturalmente. Los resultados de la administración económica de las colonias y sus limitaciones, debidas a la burocracia y la venalidad, son una América Latina Colonial con una vida económica y social "malsana", fundada en el Pacto Colonial que le da origen a una explotación por la metrópoli de España y Portugal, las cuales limitan su desarrollo.

La aparición del contrabando crea una explotación endógena que se disipa en gastos suntuarios y da lugar a una economía de derroche extravertida, destructiva de hombres y recursos; esta economía perdura en sus fuentes en la política americana.

 

BIBLIOGRAFÍA

-Rezzónico, César L., "El desafío argentino y latinoamericano", Imprenta Caritas, Córdoba, 2000.

-Paz, Octavio, "Vislumbre de India", 1995.

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