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Existencia Fugaz en los Cuatro Elementos

por Susana Micone

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Se buscó en el espejo y su imagen no aparecía, como si el rostro se le hubiera diluido en el aire del dormitorio. Con frío y miedo a desaparecer, decidió juntar su cuerpo entre las sábanas. Se cobijó temblando en la cama, esperando que el peso de la frazada le devolviera la sensación del volumen de su cuerpo. Pensó que sólo era un sueño y añoró despertar.

Por la mañana volvió al espejo y vio fuego, tendió la mano hacia la roja imagen y se quemó. Adolorido y asustado como un animal cercado por las llamas corrió hacia la calle para perderse febril entre la gente que presurosa iba a su trabajo. Todo el frío de la mañana no alcanzó para apagar el metal fundido de su sangre.

Caminó y caminó, hasta que ya cansado se detuvo ante los espejos de una vidriera; juntó coraje, alzó la vista y vio a un hombre de barro, húmedo y arcilloso que acompañaba cada uno de sus propios gestos. Sintió la piel resbaladiza y maleable, se hundió los dedos en la cara y descubrió que podía modelar sus propias facciones, cada gesto, cada arruga.

Cuando volvía a su casa, una tormenta de verano se hizo chaparrón y cascada, se hizo golpe y granizo. Mientras él pensaba en su extraño destino, la lluvia implacable   disolvió su cuerpo de arcilla y el hombre se perdió  en las alcantarillas.

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