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Ética y cientificismo

Por Hernán F. Padín

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Ante los nuevos y cada vez más revolucionarios hallazgos de la ciencia, como son la ingeniería genética, el desarrollo de la informática, etc., cabe hacerse una pregunta: ¿qué regulación existe para todo este inmenso caudal de descubrimientos? ¿Podemos hablar de una verdadera ética que controle los medios que la ciencia utiliza en la consecución de sus fines?

Creo que, simplificando en extremo, tenemos dos respuestas posibles: una es la optimista: los hombres y mujeres de ciencia son individuos capacitados, que trabajan en pos de la sociedad y el progreso de la humanidad, etc. Hermosa respuesta, ¿no es cierto? Sin embargo, ¡qué lejana a la realidad! Una segunda respuesta sería la que yo calificaría de realista, y que, lamentablemente, es mucho más pesimista y crítica en su evaluación. Según esta segunda versión, los hombres de ciencia son individuos que trabajan en pos de un objetivo bien definido. Tal objetivo dependerá de sus intereses particulares, la ciencia específica en la que estén trabajando, y las comodidades que el medio en el que investiguen les facilite. Ahora bien; el científico, en la medida que atiende exclusivamente a sus objetivos prácticos, ¿encuentra un marco ético en el cual desarrollar sus actividades? La respuesta a esta cuestión resulta un tanto más compleja, pero contesta mejor la pregunta previa.

Hagamos un poco de historia. Tras el oscuro período que para la ciencia en general representó la Edad Media, llegó, como todos sabemos, el Renacimiento, y, con él, todo un modo radicalmente nuevo de entender a la naturaleza y a nosotros mismos. Copérnico descubrió el verdadero puesto del hombre en el cosmos; Galileo observó por primera vez objetos que ni siquiera se sabía que existían, y reformuló las leyes básicas de la física; Harvey descubrió la circulación de la sangre, y algunos investigadores, como el propio Leonardo da Vinci, se atrevieron a diseccionar un cuerpo humano. Todos estos hallazgos supusieron una verdadera revelación para el hombre, adormecido por siglos de fanatismo religioso e intolerancia intelectual.

Claro que todo este bagaje de descubrimientos no podía encajar nunca en los viejos esquemas de la mentalidad medieval; fue así que vinieron otros sabios a sentar los fundamentos teóricos de esta ciencia floreciente. De todos estos filósofos, como Bacon, Hobbes, Bruno, Spinoza y tantos otros, sin duda merece un puesto destacado el francés René Descartes. Él es el verdadero fundador del paradigma científico moderno, con su centro en la subjetividad humana.

Mas, a pesar de este alto honor que corresponde al genio francés, es menester destacar que, para Descartes, el verdadero fundamento del conocimiento humano, aquello que lo justificaba completamente, era la razón. ¿Cómo entendía Descartes la razón? Pues bien, como facultad calculadora, exacta y precisa como las leyes de Euclides, a pesar de sus deslices (los cuales, conviene aclarar, Descartes no atribuía a la propia razón sino a la intervención de las pasiones y la voluntad).

Esta forma de entender la razón dominó toda la modernidad, y, debido al éxito alcanzado en el campo científico a partir de entonces (pensemos nada más en la física de Newton o la química de Lavoisier), la ciencia se convirtió en el vehículo inmaculado de este espíritu de cálculo, espíritu que, a pesar de su refrescante aura de novedad y utilidad, traería sus nefastas consecuencias.

En efecto; si consideramos que lo único que importa en el hombre es su racionalidad, ¿qué lugar queda entonces para los afectos, las pasiones, el amor, todo aquello que, a pesar de no ser explicable matemáticamente, fundamenta y da sentido diario a nuestras vidas? La fría racionalidad moderna dio como resultado una ciencia sin espíritu, un saber cuyos únicos principios parecieran ser el ansia de progreso y el beneficio práctico, entendiéndose “práctico” aquí por meramente útil. El problema es que, cuando hablamos de algo útil, debemos al mismo tiempo preguntarnos útil para qué, o para quién...

La ciencia positivista del siglo XIX marcó el punto culminante de la ciencia entendida como investigación experimental y completamente racional, cuyo único objeto de estudio debía ser la naturaleza. Este modo de ver la ciencia implicaba, por supuesto, una manera particular de entender el mundo: la naturaleza era, para la ciencia positivista, algo que debía ser controlado para beneficio del hombre. Nosotros pasábamos a ser algo así como los “reyes de la Creación”, y nos considerábamos vanidosamente en derecho de hacer lo que con la naturaleza nos pareciera conveniente, siempre y cuando esto redundara en beneficio de todos... ¡Ah; cuántas mentiras se esconden detrás de este tipo de idealismos!

Este modo tan fríamente desapasionado de interpretar los objetivos de la ciencia, llevó a los excesos que todos conocemos, y que, durante el siglo XX, costaron la vida y el destino a millones de personas. Mencionemos sólo los casos más extremos: el desarrollo de las armas químicas, como el gas “mostaza” en la Primera Guerra Mundial; la invención de la bomba atómica, utilizada en dos ocasiones contra poblaciones civiles; la tremenda contaminación derivada de los residuos producidos por las grandes industrias, contaminación que hoy por hoy amenaza con tornar la Tierra un sitio inhabitable; la experimentación médica llevada a cabo con seres humanos vivos, en los campos de concentración de la Alemania nazi; los gravísimos cambios sufridos por el clima a nivel global, debido a la poco mesurada mano del hombre; los terribles accidentes derivados de la escasa seguridad con la que se maneja la energía nuclear, como sucedió en Chernovil durante la década del ´80...

Por supuesto que la lista continúa, y podría tornarse interminable. Estos casos nos muestran lo peligrosa que puede ser la ciencia cuando es movida por fines absolutamente racionales, cuando es presa de ese “espíritu de cálculo” que sólo piensa en el beneficio y la utilidad inmediata, y no toma en cuenta las consecuencias. Mas no nos engañemos; la verdadera ciencia no puede ser algo ajeno al espíritu del hombre, algo capaz de generar tanto horror. Pues cuando el conocimiento del mundo se desliga de toda medida ética, cuando nuestra actitud ante la naturaleza y nosotros mismos se escinde de toda valoración humana, entonces no hablamos de ciencia, sino de cientificismo. Y éste es uno de los peores males que el hombre de hoy, encaminado hacia un nuevo milenio repleto de expectativas y posibilidades de investigación, debe solucionar antes de avanzar un sólo paso más en el campo del conocimiento. Sólo uniendo el progreso científico a una profunda concepción de la vida y lo humano, podremos seguir avanzando hacia ese puesto de privilegio que nos ha sido destinado en el cosmos. 

Este trabajo fue galardonado con el segundo premio por el género “ensayo” en el Concurso Literario “A. S. Drew”, organizado por la Fundación Oftalmológica Ciocchi, en Octubre de 2001.

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