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EL MENSAJE

Por Hugo Yañez

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A orillas del Riachuelo, doradas naranjas esperaban dentro de los cajones, apilados sobre la acera de adoquines, para realizar el largo viaje. Los botes continuamente cruzaban sus negras aguas atestadas de corpulentos obreros, y marinos con misteriosos cofres.

El sol daba la hora desde el cenit. Y la vieja locomotora, arrastrando su carga lejana y melancólica, atravesaba puntualmente aquel intrincado laberinto de cartón, chapa y miseria que conformaba la villa.

El silbato, anunció de una débil fragancia envuelta en nubes de vapor, era como la música de la fruta madura.

Pequeños ojos observaban la lenta travesía del tren carguero esperando que llegase a la curva. Allí una veintena de chicos saldrían de sus escondrijos y subirían a apoderarse de su preciada carga.

Todas las semanas era lo mismo. Sin embargo, uno de los niños tendría otros planes.

Los centenarios durmientes se estremecieron, las vías vibraron. El tren disminuyó la velocidad en la curva y los bandidos lo asaltaron, como un relámpago, y volvieron a bajar. Pero uno entre todos ellos se quedó junto a las naranjas. Tomó la más grande que encontró y escribió un mensaje en su cáscara. De pronto alguien gritó. El niño, sorprendido, volvió a colocarla en el cajón y saltó a la grava. Por suerte, había terminado. Corrió, brincó, y se escurrió por un sórdido pasillo donde vio el tren alejarse.

La misiva estaba en camino. No había porqué apurarse, así que salió tranquilamente de su escondite y caminó despacio por las vías que lo condujeron al barco que aguardaba en la ribera, más allá del puente. Sacó una manzana del bolsillo y la mordió. El estaría allí para cuando el barco se marchara, y lo vería partir llevando su mensaje para otro chico. En otro mundo.

Los botes siguieron cruzando otros obreros, otros marinos, durante toda la tarde, y aún lo hacían cuando la sirena del barco comenzó a aullar. Zarparía por la mañana. La tripulación estaba lista. El capitán en su puesto. Las naranjas en la bodega. El chico en la vereda de adoquines, viendo sin ser visto, y oyendo la vieja melodía que bajaba de cubierta. La ráfaga de viento apretujó sus notas y las llevó lejos. Y el chico las escuchó morir al anochecer.

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