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El exiliado

por Clara Lourdes Bango

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Creo saber los motivos que llevan a Buckingham a hablar mientras duerme. Comprendo sus risas nocturnas y las palabras que dice en sueños, mientras, sin darse cuenta, me patea y me deja sin cobija en estas noches de invierno. Hace una semana, me senté junto al hogar para degustar tranquilamente el té de bergamota, mientras ella a mi lado hacía ruido al tomar su jugo de zanahoria en mamadera. Para romper el placentero silencio, recibí el llamado telefónico de mi señor editor, quien guardaba una orden comercial entre sus dientes: para que mi próxima novela se convirtiera en un best seller, el atractivo y viril protagonista debería declararse gay públicamente y presentar ante los medios a su nuevo amigo. ¿Por qué tenía yo que escuchar estas cosas? A mi lado, Buckingham se deshacía de mi té de bergamota, y me preparaba un tilo.

Le expliqué al comerciante que yo no era escritora de best sellers y que no estaba en mí la crueldad de hacer algo así con uno de mis personajes preferidos. Con nulas expectativas de que él lo comprendiera, argumenté que hacer a mi personaje homosexual implicaba perder a una figura cuyo encanto precisamente estaba en sus ridículas aventuras con las mujeres. Luego de amenazarme diciéndome que podría buscarme otra editorial si mi personaje conservaba su hombría, el señor cortó. Pese a que Buckingham me insistió para que no cediera ante la abyecta situación, decidí intentarlo.

La encerré en el armario para que ya no me gritara que había perdido la razón y me acosté en el sillón del living. Cerré los ojos. Intenté imaginarme a mi pobre personaje en un club nocturno con jeans ajustados y una camisa blanca de red con los pectorales
descubiertos. Me imaginé a mí misma en el club nocturno con mi remera turquesa y mis medias de liga, observándolo. Lo contemplaba fascinada, ya pensando en cortar por la mitad el armario de mi habitación para fabricar una tarima y conseguirme uno de esos para que me baile todo el día. Lo vi deteniendo su coreografía para tomar unos tragos. Me acerqué a él y me miró fijo.

-“¿Qué sucede?,” me preguntó.

-“Es bastante cómico,” admití, esperando que él sonriera. Sin embargo, no lo hizo y siguió hablándome.

-“¿En serio vas a permitir que me hagan esto?,” me miró tan fuerte que me dolieron sus ojos.

-“Puede ser un cambio favorable,” argumenté, “yo no tengo muchas opciones y creo que si me las ingenio, puedo hasta lograr más entretenimiento en la historia.”

-“Comprendo,” me dijo. Frente a mí, se desabrochó la camisa de red, y la tiró para que yo la agarrara. Se puso una remera negra y fue detrás de la barra del club nocturno en busca de una mochila oscura.

-“¿Qué se supone que es esto?,” pregunté.

-“Me voy,” susurró, acomodando su mochila sobre su espalda. “Soy tu sueño, no tu esclavo, y cualquiera que crea en mí va a mantenerme vivo. Gracias por todo, fue divertido estar acá, pero creo que llegó el momento de irme en busca de otra mente que me quiera deparar un mejor futuro, soñándome como soy. Como vos me creaste. Esa personalidad a la que no voy a renunciar, mientras exista un alma capaz de imaginarme.”

Y así abandonó mi personaje el paraíso que yo había creado para él. En ese momento, una lluvia indiferente se deslizó por mi ingenuo mundito, dejándome sola, con la figura de mi personaje consumiéndose a lo lejos, mientras yo lo miraba. Tarde, esa madrugada, me acordé que Buckingham había quedado olvidada en el armario. Cuando fui a buscarla, me di cuenta que estaba dormida, entonces cargué su cuerpito de peluche entre mis brazos y la llevé a mi cama para que durmiera a mi lado. Le acomodé las orejitas y le dejé el jugo de zanahoria en la mesa de luz, por si despertaba con sed. Durante lo que quedaba de la noche, habló en sueños de un personaje muy viril que escapaba de la mente creadora por una disputa literaria. A la mañana siguiente, descubrí que mi personaje finalmente había encontrado un mundo de ensueño fascinante en la mente de peluche de mi coneja.  ¿Cómo es posible?, me pregunté en un principio, y luego recapacité y sonreí con felicidad. Me enorgullece, de alguna forma, que haya sido ella a quien eligió mi personaje para asentar en el mundo de ella sus extravagancias de fantasía. Tengo unos segundos de melancolía, pensando en lo que hice… pero logra tranquilizarme el recordar que sí, es cierto que Buckingham logró dar a mi personaje lo que necesitaba, pero sigo siendo yo quien la imagina, mirándome a través de sus ojos de plástico.

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