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AVENTURA DE UNA LIEBRE

Por Arnaldo Volpatti 

(Cuento)

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      En un lugar cercano a la Capital Federal, correspondiente a un pueblo densamente habitado y con movimiento comercial e industrial, y con el dinamismo propio de toda actividad económica, se encontró un extraño animalito.

       Al parecer, ya hacía varios días que merodeaba la zona. Este animal había sido visto por varios vecinos, quienes, atraídos por su belleza, decidieron atraparlo vivo y sin hacerle daño, en lo posible. Así lo hicieron, y una vez que lo atraparon, trataron de averiguar el origen, el sexo y a que especie pertenecía.

       En busca de tales objetivos, se encaminaron hacia un veterinario, quien les recomendó, luego de ver el animalito, ir a ver a unos liebrólogos amigos de él para que obtuvieran la información que buscaban.

       Los vecinos, entusiasmados con la idea, fueron hasta donde los había mandado el veterinario, pudiendo comprobar que: primero, se trataba de un animal liébrico, de sexo femenino y, además, había llegado hasta ese lugar desde una distancia aproximada a los quinientos kilómetros.

       Luego de rigurosos exámenes que le practicaron, tomando las partículas que traía en sus patitas -las que estaban adheridas debido a la enorme travesía-, certificaron fehacientemente que provenía de las llanuras de la pampa bonaerense.

       Comprobados los datos correspondientes, se pusieron a deliberar, buscando qué hacer con el animal, ya que ninguno de ellos (vecinos todos del lugar) querían deshacerse de ella debido a su hermosura y a la mansedumbre de su mirada.

       Después de un prolongado debate, decidieron todos (vecinos y técnicos) proporcionarle un sitio adecuado, acorde con sus costumbres, para que pudiera readaptarse en el lugar.

       Así lo hicieron, ubicándola en un potrerito de alfalfa tierna, muy similar a la topografía de la región de donde provenía, que era su hábitat natural.

       Pasado un tiempo, la bautizaron con el nombre de «Lulú», y en muy poquitos meses nomás, respondía a su nombre en forma que llamó la atención a quienes la cuidaban. Estos a su vez, se lo hicieron saber a sus poseedores.

       Inmediatamente se percataron que se trataba de un animalito muy evolucionado y vivaz, de tal manera que se hizo necesario proporcionarle también una compañía, para lo cual, pensaron en un conejito que uno de los vecinos tenía y al que le habían enseñando muchas cosas, dado el tiempo que lo habían adiestrado. Este conejo respondía al nombre de «Pepe», y era muy obediente. No obstante, en principio se negó a comer; claro, extrañaba... El dueño se dio cuenta que debería traerles también a dos amiguitos de Pepe, Clorindo y Cisnero.

       Una vez que estuvieron los cuatro juntos, se los veía muy felices y contentos. En un examen genético que le practicaron, se descubrió que Lulú y Pepe tenían un parentesco lejano. Oh, casualidad... A partir de ahí, Pepe y Lulú se hicieron muy confidentes. Con respecto a los otros dos conejitos (Clorindo y Cisnero), sólo existía con Lulú, una buena y armoniosa amistad. Que no era poco... Y se pasaban largas horas los cuatro conversando de distintos temas, por supuesto, a sus maneras.

       Estaban actualizados en todos los últimos acontecimientos que ocurrían. Pastaban juntos el menú que les ofrecía Lulú y que ellos aceptaban por no desairarla, ya que los conejos prefieren el hinojo y no tanto la alfalfa.

       Según se ha podido saber por el conejo Pepe, Lulú está haciendo un curso acelerado de aprendizaje, porque tiene la intención, luego que aprenda, de volver a su lugar de origen, enseñarles a sus congéneres todo cuanto pueda aprender aquí y de ahí en más buscar la manera de hacer con los liébricos una organización.

       Este proyecto de Lulú se lo ha contado a su amigo Pepe, quien colaborará en la realización de dicha organización. Desde ya, tendrá en la organización un importante papel que desempeñar.

       Los acompañarán los conejitos Clorindo y Cisnero, los que están muy entusiasmados para ir junto con Lulú y Pepe el día que se trasladen al lugar de donde es Lulú. Comenta a sus amigos Lulú, que es importante poder hacer una organización que tenga como objetivo principal brindarles un poco de seguridad a sus hermanos liébricos.

       De manera que tanto Lulú, como el conejo Pepe, se la pasan todo el santo día haciendo planes juntos. Y Pepe sueña con poder encontrar a otros parientes suyos en el lugar, suponiendo que tal vez haya muchos en la zona y que, como en el caso de Lulú, él desconocía. Así que es tanto el berrinche que le agarró que los tiene locos a todos... A punto tal que Clorindo y Cisnero no duermen pensando en el viaje, pues ellos también desean saber de donde vienen y poder conocer a algún pariente. De manera que los consume la idea de poder saber algún día de donde han venido a este mundo y quienes son sus padres.

       Mientras ellos se la pasan hablando de los posibles parientes, Lulú le dice a Pepe cómo piensa hacer la organización para que ésta dé resultados: -En primer término, tendré que educar a mis hermanos y, al mismo tiempo, ir conversando con los dueños de los campos, a ver si podemos establecer un pacto de no-agresión, haciendo que ellos, los dueños, no dejen andar cazadores furtivos en la zona. Mientras que nosotros tendremos que ofrecerles la más amplia garantía de que no depredaremos los sembrados. Habrá que demarcar un límite, donde se nos permita vivir, sin que para ello puedan pasar cazadores con perros, ni escopetas.

       De esta forma podremos los liébricos vivir con mayor tranquilidad y libertad. Debemos ajustar la organización a nuestras necesidades de vida. Por otra parte -dice Lulú-, tendremos que hablar con nuestros amigos, los gauchos peludos, para que colaboren en no estropear los sembrados y no escarben los campos, como a menudo lo hacen.

       Ellos, los peludos, pueden ir a los campos que son rastrojos, donde hay que arar, de manera que no les hace nada que ellos escarben. También en los potreros, donde haya ganados, maizales maduros, etc. Ahí se pueden alimentar rebien y sin hacer daño.

       En ese sentido, los peludos -dice Lulú- tienen muchos más recursos de defensa que nosotros, los liébricos; ellos, en contadas fracciones de segundo, se meten con gran facilidad debajo de la tierra. Aunque el humano se vale de ciertas prácticas para sacarlos, ya sea con agua (inundando la cueva), o con métodos mucho más feos, que para hacer el mal, el humano, se las ingenia...

       En el caso nuestro, los liébricos -dice Lulú a sus amiguitos-, les diré que si hemos podido mantener la especie, es debido a la gran velocidad que desarrollamos y, también, porque ancestralmente hemos aprendido a hacer una camita pegada al suelo, por lo que a veces nos confunden con las malezas. Aunque hay cazadores que tienen ojos de lince o biónicos, y hacen como que no nos vieron para que nos quedemos quietos y luego hacernos saltar de un escopetazo.

       El peligro más grande es cuando estamos dormidas... Porque, ¿dormir, hay que dormir, no..? -sigue Lulú contándoles a sus amiguitos, quienes la escuchan con atención.

      Lulú comenta que: -Los humanos, cuando quieren divertirse o sacarse el estrés, se las agarran con nosotros. Después fanfarronean con sus amigotes, diciéndoles que se comieron un lindo estofadito y que, cuando vuelvan a tirar unos tiros, les van a traer alguna para que la prueben y que se yo cuántas cosas más. Total a ellos qué les importa, los que pagamos la fiesta somos nosotros, ¿no les parece?... De todas formas -sigue diciendo Lulú-, hay que empezar a trabajar para evitar estos y otros abusos que a menudo se cometen. Yo conozco el problema de la cadena alimentarla, porque lo aprendí aquí. Antes no lo sabía, es cierto, pero... tampoco es cuestión de matar por matar; sólo por diversión, como generalmente se hace. Una cosa es cuando te toca el turno y otra muy distinta es cuando a algún señor se le antoja ir a hacer puntería.

       En lo que he podido observar aquí, en la Capital -dice Lulú-, con respecto al hombre, su comportamiento humano no es del todo bueno que digamos. Los humanos casi no se respetan, yo diría que no se respetan para nada, transgreden todas las normas de convivencia.

       Mientras un montón de hombres se la pasan discutiendo como locos para legislar Leyes que regulen sus obligaciones y derechos, otro montón, más grande aún, estudia las formas para evadirlas y violarlas. Nunca he visto tanta hipocresía junta... En ese sentido, ellos, los humanos, tienen mucho que aprender de nosotros los animales, o las bestias, como nos dicen... Seremos bestias, no lo niego, pero tramposos nunca. Eso jamás, además de otras cosas que ellos transgreden y nosotros no. En realidad, esto me tiene un poco preocupada...

       Después de escucharla muy detenidamente, el conejo Pepe interrumpe a Lulú y le dice: -¿Me permites que te de mi opinión?... Digo, si me disculpas... Quisiera hacerte a ti y a nuestros amiguitos una reflexión, ¿puedo?

       -Bah, hazlo ya, qué tienes que pedirme tanto permiso, ¿acaso no somos amigos?

       -Claro, claro -contestaron al unísono Clorindo y Cisnero-.

       -Bueno, estoy deseosa de escucharte y, como vez, nuestros amiguitos también, no es así?...

       -Bueno -dice Pepe-, gracias amigos, gracias. Mira, querida Lulú; yo tengo unos cuantos años más que tú y me he envejecido aquí en esta metrópoli. Te he escuchado con absoluto detenimiento y veo que cuanto has dicho sobre el comportamiento del hombre, es totalmente cierto; se nota que eres muy inteligente y no has dejado escapar ningún detalle. Tal cual tú lo has dicho, así es.

       Miren queridos hermanos -continúa Pepe-, nosotros, los animales, en la escala zoológica somos los menos desarrollados de este reino; es decir, que somos menos inteligentes. Los seres humanos, lo resuelven todo pensando, usando su intelecto; razonan y luego proceden. Así debería ser al menos, pero parece que usan mal el razonamiento. Muchos de ellos llevan la cabeza de adorno. En cambio nosotros no. Ellos tienen códigos estructurados con mucha complejidad, lo cual parece indicar que tendrían que vivir mejor entre ellos, por lo menos, y, sin embargo, no es tan así. Primero les diré que, a mí entender, se engañan permanentemente; dicen una cosa y luego realizan otra totalmente distinta. En algunos casos, puedo justificarlos, en otros no...

       Generalmente se la pasan engañándose los unos a los otros; se besan y luego se traicionan. Rezan, se arrodillan y dicen respetar a Dios, que a menudo denigran con sus procederes, ya que también transgreden las normas establecidas por ese mismo Dios, de quien se acuerdan y le van a pedir cosas, sólo cuando se encuentran mal. A veces también, cuando precisan algo, le ruegan y luego salen como si nada, y cada uno hace la suya. Son falsos, Lulú, falsos. Lloran y se traicionan entre ellos; ¿qué podés esperar?

       El conejito Clorindo, al escuchar todo lo dicho por su amigo Pepe, y también lo dicho por Lulú, les dice, arreglándose los bigotes y con cara de circunstancia: -Miren, queridos amigos; yo quisiera saber si puedo decir algo referente al humano, reafirmando todo cuanto han dicho ustedes.

       -Cómo que no... -dice Lulú- Adelante, todo cuanto podamos aportar entre todos mejor. La empresa no es fácil como para que nos quedemos con cosas en el tintero. Te escuchamos, querido Clorindo.

       Retoma la palabra Clorindo, se compone el pecho y con voz temblorosa empieza diciendo: -No, yo, estee, queríaaa.., aportar algo, pocas cosas no más sobre lo que ustedes han dicho referente al hombre. Y es que además de todos los defectos que han expuesto ustedes, con los cuales estoy en un total de acuerdo (porque yo, a pesar de mi corta edad, también me he dado cuenta hace mucho), quisiera agregar que también son extremadamente mentirosos y soberbios. Unos quieren ser más que los otros. Casi siempre entran en una competencia alocada y lo único que logran es destruirse recíprocamente, sin medir los resultados positivos que podrían encontrar si se pusieran de acuerdo en una competencia armónica y solidaria y no feroz, donde los que más tienen devoran a los que menos tienen, creando odios y resentimientos inútiles; porque no les sirve para nada, más que para satisfacer sus vanidades, (aquel que triunfe), porque triunfa uno entre mil y si se pusieran de acuerdo y fueran más humildes, triunfarían mil entre uno, ya que habría beneficios para todos y nadie perdería, cada cual de acuerdo a su capacidad. Y esta se ve en los hechos, no en las palabras.

       -Yo creo -dice Clorindo- que la mayoría de ellos tienen complejos muy grandes, dejan de hacer cosas para las que están capacitados, a veces, por hacer otras que no han aprendido y en las que no tienen condiciones naturales desarrolladas que le permitan ser más eficaces, esto por el solo efecto de la envidia que los come. Hasta hacen el papel de ridículos, pudiendo ser personas destacadas y dignas. Siempre imitan, como el mono; nunca son auténticos, no saben qué es lo que quieren y donde pretenden ir y para qué.

       Entonces Cisnero, el conejito más joven de todos, ya en forma directa, lanza también su opinión, sin ningún introito. Dice: -Yo voy a agregar algo aquí que he reflexionado mientras ustedes hablaban. He aprendido mucho de ustedes, amigos míos. Yo diría, referente al hombre, que salvo honrosas excepciones, han hecho un culto del engaño y he visto que a los que dicen la verdad, se los dificultan, hasta hacerlos callar. Así, los mentirosos se encuentran más libres para seguir haciendo sus diabluras. Es tan evidente esto, que han llegado a matar a muchos hombres buenos y honestos por decir la verdad. Ni que decirles de las calumnias e infamias que se les hace a esos hombres sinceros y honestos. Aunque, tarde o temprano, tienen un premio, generalmente, porque se inmortalizan y son, en definitiva, los que hacen que la humanidad vaya corrigiéndose hacia un destino mejor. Porque los otros terminan con la muerte y son efímeros; parece que estuvieran destinados a que los otros, los honrados, se sientan obligados a actuar, para neutralizar de alguna manera la mala acción que ellos cometen.

       Lulú, que había escuchado todo con mucha atención y analizado todo lo que se había dicho, mientras los otros hablaban, inspiró fuertemente para tomar fuerzas, tragó saliva, miró fijamente a sus interlocutores y, con un poco de rabia y un poco de resignación, se dirigió a sus amigos diciendo lo siguiente: -Miren muchachos, amigos míos; nadie más que ustedes saben cuánto me costó a mí poder llegar a comprender aquí todo esto que he aprendido, cómo me sacrifiqué para estudiar; ¿no es así? Ahora bien, estoy pensando que después de todo lo que hemos hablado y analizado juntos, con respecto al hombre y su comportamiento, de nada serviría llevarles este dolor tan grande a nuestros hermanos. Yo cuando me largué para estos lares, lo hice con una ilusión que ustedes no se imaginan. Y ahora que aprendí tantas cosas, no me encuentro muy feliz que digamos. Por lo que he podido comprender, ustedes tampoco lo están, así que prefiero esperar para más adelante, y no llevarles a mis hermanos liébricos tanta tristeza. De manera que el proyecto que habíamos elaborado, lo postergaremos un poco más, porque si nos empeñamos en realizarlo ahora, les vamos a dar más tristeza que alegría a nuestros hermanos y creo que le haremos mucho daño.

       Luego que Lulú calló, los cuatro quedaron mucho, pero mucho tiempo sin pronunciar palabra alguna. Momentos después, rompe el silencio Lulú y les dice a sus amigos: -Queridos amigos, he tomado una resolución; les pido por favor que me ayuden. Yo no puedo aceptar así como así todo esto: el hombre, que tiene y conoce dentro de sí a un ser superior que es Dios, y siendo que ellos quieren semejarse a ese Dios que es todo perfección, y que, como también sabemos, el hombre tiene tanta inteligencia, como hemos visto, no puede ser entonces que proceda tan mal. Yo pienso que habrá alguna forma de corregirlos.

       De manera que yo pienso luchar en favor de eso primero, para que, una vez modificado el humano, podamos cumplir con ese sueño mío que arde en mi corazón y quema mis venas desde hace tanto tiempo.

       A pesar de todo, yo creo que hay buenos y que son la mayoría; lo que pasa es que los malos son tan malos, que al final parecen muchos. Hay quienes proceden mal por falta de personalidad, carácter e inteligencia; digo, en el buen sentido, porque inteligencia mala tienen, no me caben dudas. Otros por ambiciones desmedidas, y se dejan llevar por distintos motivos. Pero hay otros que son insobornables y tienen profundas convicciones, están imbuidos de una conciencia tal que únicamente les preocupa hacer el bien. Aunque para eso tengan que pagar muchas veces precios muy altos, tarde o temprano, son los verdaderos triunfadores, porque, como dicen algunos de ellos, y creo que parte del evangelio, la verdad los hará libres. De todas maneras, yo he resuelto quedarme un tiempo más aquí para ver si puedo hallar una fórmula que permita cambiar al hombre, por lo menos a los más peligrosos, los malos.

       Creo que con la ayuda de ustedes, y también, por qué no, de los hombres buenos, podré lograr algo en ese sentido. Luego, sí, iremos todos, como habíamos dicho, a formar una organización justiciera, cada uno en el lugar que le corresponda. El hombre en su lugar y los animales, en el nuestro, pero con respeto y buen criterio. Ustedes saben muy bien como soy yo cuando propongo algo. Lucharé, muchachos, lucharé. Ya verán.

       Así quedó sellado entre los cuatro un pacto de honor, en el que ninguno de ellos va a escatimar esfuerzos para poder cumplir con el sueño y la gran aventura de Lulú, que es nada más ni nada menos que la de cambiar al hombre en su comportamiento, para después organizar a sus congéneres. Realmente los cuatro han comprendido que, si los hombres no cambian sus conductas, los animales prefieren quedarse como están, pues, dice Lulú, no tenemos nada que envidiarles.

       Siendo ya tarde, cada uno se fue a dormir a su camita, para descansar y tratar de soñar con un mañana mejor...

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